miércoles, 20 de abril de 2011

La cuestion racial

El nuestro es un universo en el que todo está en continuo movimiento y transformación. Nada permanece estable ni inalterable y todo en él avanza o retrocede, asciende o desciende, se fortalece o debilita... El hombre que contempla esta realidad puede sentir el vértigo de un universo inabarcable y en el que el tiempo no se puede detener. Conocedores de la finitud de todas las cosas sensibles, algunos hombres a lo largo del tiempo han tratado de encontrar un sentido a este eterno devenir. El transcurrir del tiempo y de los acontecimientos, las más de las veces pueden parecernos carentes de sentido; es decir, no pareciera existir un significado más allá de lo puramente anecdótico en lo que somos y en lo que hacemos. Tampoco pareciera haber un sentido en la historia humana...

Según la programación moderna, el “hombre” sería básicamente un ser “igual”. Este postulado defiende que todos nacemos “iguales” y que solamente las diferentes condiciones sociales y de ambiente llegarían a conformar nuestra personalidad y nuestro ser.

Es decir, según inculca el Poder Mundial actual, somos un mero fruto de la casualidad, una anécdota cósmica carente de cualquier sentido más allá de la dinámica aparente de este mundo. Pero, muy al contrario, podemos ver cómo todos nacemos diferentes unos de otros. Así, vemos cómo en una misma familia, con unos mismos padres y en un mismo ambiente, los diferentes hermanos y hermanas, cada uno, tiene una personalidad propia, única e irrepetible. Además, participamos de elementos cuya naturaleza y dinámica no son de este mundo.

En esta línea de tratar de hallar una definición a cada realidad, el concepto de “raza” nos está indicando un origen, un linaje, una “especie” y nos señala un carácter hereditario representado por cierto número de individuos. Con toda la diversidad marcada por los diferentes individuos que hemos dicho antes, la raza viene a señalar un carácter “colectivo” marcado por un origen sanguíneo.

De esta forma, más allá de cada individuo, existiría una “colectividad” que vendría a marcar nuestra condición, nuestro género y nuestro destino. El sentido de este “destino colectivo” es el que vendría a conformar una unidad dentro del cuerpo de lo que viene a llamarse “humanidad”.

De los géneros humanos, por así llamarlos, que existirían dentro de la “humanidad”, la ariosofía entiende que existen dos polos contrapuestos y antagónicos: por un lado el Ario y por el otro el judío. El Ario es el espíritu que hace que el hombre se alce sobre la faz de la tierra, mientras que el judío es el virus destructor que anida principalmente a cobijo de los elementos más débiles e insanos.

Según la ariosofía, la historia de la humanidad se entendería como una guerra entre razas. En esta guerra hallaríamos contrapuestos y siempre enfrentados, dos principios antagónicos.
1-Por otra parte, hallamos las fuerzas luminosas de la vida, el vigor, la salud y el orden vertical. Representadas por las razas celestes, o de la luz, que participan de la divinidad.
2-Por otra parte, hallaríamos las fuerzas oscuras de la muerte, el cansancio, el vicio, la decadencia, la destrucción y el caos. Representadas por las razas nacidas de la tierra, del barro o telúricas.

Las civilizaciones, en tanto que creación del genio humano, estarían sujetas a la lucha y alternancia de estas fuerzas, de tal forma que, al igual que lo hace individualmente cada persona, se moverían entre estos mismos principios: las fuerzas de la vida (luminosas) y las fuerzas de la muerte (oscuras).

Oscar Spengler (1880-1936), decía que “¡según una ley interna cada pueblo y su cultura debe morir un día, después de haber conocido su juventud y su madurez!. Igual que un árbol o un hombre van envejeciendo, luego, necesariamente, mueren, de la misma manera un pueblo debe envejecer y desaparecer”.

Frente a esta visión pesimista de la historia, los nacionalsocialistas alemanes lucharían y harían todo lo posible por vencer la decadencia, para lo cual elaboraron una política de higiene racial y social. El Cuaderno de la SS nº 1 de 1939, señala el deber de preservar la raza y señala lo que serían unos puntos fundamentales:


“La vida exige la victoria constante del fuerte y el sano sobre el débil y el enfermo. La sabiduría de la naturaleza ha dictado, en consecuencia, tres leyes fundamentales:
1.Los vivos deben siempre procrear en gran número.
2.En la lucha por la vida sólo sobrevive el más fuerte. La selección permanente de los fuertes elimina a los elementos débiles o de poco valor.
3.En el conjunto del reino natural, las especies permanecen fieles a sí mismas. Una especie sólo frecuenta la suya.


Los pueblos que han desaparecido en el curso de la historia son los que han perdido la sabiduría y las leyes de la naturaleza. Las causas naturales responsables de su debilitamiento y su desaparición son, pues, las siguientes:
1.Falta contra el deber de conservar la especie.
2.Infracción a la ley de la selección natural.
3.Inobservancia de la exigencia de mantener la pureza de la especie y de la sangre (mestizaje).”

Esta preocupación por la imparable degeneración de la raza, a todos los niveles y señalada ya a finales del siglo XIX, fue una cuestión que entonces inquietaría a grandes sectores de la población en los países industrializados de Europa y USA. De este modo, muchos expertos presentaron a la sociedad el problema y propusieron diversas medidas e ideas. En diversos estados y países, como USA, ya antes del III Reich, llegarían a aplicarse leyes eugenésicas contra la procreación de enfermos crónicos, débiles y criminales, así como contra el mestizaje.

Adolf Hitler, en “Mi Lucha” (Volumen I, cap. 11. “La nacionalidad y la raza”), analiza la función de la raza y de cómo, en su opinión, la decadencia de las civilizaciones sucede por la pérdida de la integridad racial:

“Todas las grandes culturas del pasado cayeron en la decadencia debido únicamente a que la raza de la cual habían surgido envenenó su sangre.
Es un intento ocioso querer discutir qué raza o razas fueron las depositarias de la cultura humana y los verdaderos fundadores de todo aquello que entendemos bajo el término “Humanidad”.

Pero sencillo es aplicar esa pregunta al presente, y, aquí, la respuesta es fácil y clara. Lo que hoy se presenta ante nosotros en materia de cultura humana, de resultados obtenidos en el terreno del arte, de la ciencia y de la técnica es casi exclusivamente obra de la creación del ario. Es sobre tal hecho en el que debemos apoyar la conclusión de haber sido éste el fundador exclusivo de una Humanidad superior, representando así “el prototipo” de aquello que entendemos por “hombre”.
El ario es el Prometeo de la humanidad, y de su frente brotó, en todas las épocas, la centella del Genio, encendiendo siempre de nuevo aquel fuego del conocimiento que iluminó la noche de los misterios, haciendo elevarse al hombre a una situación de superioridad sobre los demás seres terrestres. Exclúyasele, y, tal vez después de pocos milenios descenderán una vez más las tinieblas sobre la Tierra. ¡La civilización humana llegaría a su término y el mundo se volvería un desierto!.


Si se dividiera la Humanidad en tres categorías de hombres: creadores, conservadores y destructores de la Cultura, tendríamos seguramente como representante del primer grupo sólo al elemento ario. Él estableció los fundamentos y las columnas de todas las creaciones humanas; únicamente la forma exterior y el colorido dependen del carácter peculiar de cada pueblo. Fue el ario quien abasteció el formidable material de construcción y los proyectos para todo progreso humano. Sólo la ejecución de la obra es la que varía de acuerdo con las condiciones peculiares de las otras razas.

Dentro de pocas decenas de años, por ejemplo, todo el Asia poseerá una cultura cuyo fundamento último estará impregnado de espíritu helénico y técnica germánica como la nuestra. La forma externa es la que, por lo menos parcialmente, acusará trazos de carácter asiático.
Si a partir de hoy cesara toda la influencia aria sobre Japón –suponiendo la hipótesis de que Europa y América alcanzaran una decadencia total– la ascensión actual de Japón en el terreno científico-técnico todavía podría mantenerse algún tiempo.

Dentro de pocos años, la fuente se secaría, sobreviviría la preponderancia del carácter japonés y la cultura actual moriría, regresando al sueño profundo, del cual hace setenta años, fuera despertada bruscamente por la ola de la civilización aria. Esto es porque, en tiempos remotos, también fue la influencia del espíritu ario la que despertó a la cultura japonesa. (...) Se puede denominar una raza así depositaria, mas nunca, sin embargo, creadora de cultura. Está probado que, cuando la cultura de un pueblo fue recibida, absorbida y asimilada de razas extranjeras, una vez retirada la influencia exterior, aquella cae de nuevo en el mismo entorpecimiento.
Un examen de los diferentes pueblos, desde tal punto de vista, confirma el hecho de que, en los orígenes, casi no se habla de pueblos constructores, sino siempre, por el contrario, de depositarios de una civilización.


El proceso de su evolución representa siempre el siguiente cuadro: grupos arios, por lo general en proporción numérica verdaderamente pequeña, dominan pueblos extranjeros y gracias a las especiales condiciones de vida del nuevo ambiente geográfico (fertilidad, clima, etc.), así como también favorecidos por el gran número de elementos auxiliares de raza inferior disponibles para el trabajo, desarrollan la capacidad intelectual y organizadora latente en ellos.

En pocos milenios y hasta en siglos logran crear civilizaciones que llevan primordialmente el sello característico de sus inspiradores y que están adaptadas a las ya mencionadas condiciones del suelo y de la vida de los autóctonos sometidos. A la postre, empero, los conquistadores pecan contra el principio de la conservación de la pureza de su sangre que habían respetado en un comienzo.

Empiezan a mezclarse con los autóctonos y cierran con ello el capítulo de su propia existencia. La caída por el pecado en el Paraíso tuvo como consecuencia la expulsión. Después de un milenio, o más, se mantiene aún el último vestigio visible del antiguo pueblo dominador en la coloración más clara de la piel, dejada por su sangre a la raza vencida y también en una civilización ya en decadencia, que fuera creada por él, en un comienzo.


De la misma manera que el verdadero conquistador espiritual desapareció en la sangre de los vencidos, se perdió igualmente el combustible para la antorcha del progreso de la civilización humana. Así como el color de la piel, debido a la sangre del antiguo Señor, todavía guardó como recuerdo un ligero brillo, la noche de la vida espiritual también se halla suavemente iluminada por las creaciones de los primigenios mensajeros de la luz.

A pesar de toda la barbarie reiniciada, ellas aún continúan allí, despertando en el espectador distraído la ilusión de un presente, que no es más que un espejismo del legendario ayer.
De este breve esbozo sobre el desarrollo de las naciones depositarias de una civilización se desprende también el cuadro de la vida y muerte de los propios arios, los verdaderos fundadores de la cultura en esta tierra. (...)

Como conquistador, el ario sometió a los hombres de raza inferior y reguló la ocupación práctica de éstos bajo sus órdenes, conforme a su voluntad y de acuerdo a sus fines. Mientras conducía de esta manera a los vencidos para su trabajo útil, aunque duro, el ario cuidaba no solamente de sus vidas, proporcionándoles tal vez una suerte mejor que la anterior, cuando gozaban de la llamada “libertad”.

Mientras el ario mantuvo sin contemplaciones su posición de señor fue no sólo realmente el soberano, sino también el conservador y propagador de la cultura, dado que ésta depende exclusivamente de la capacidad de los conquistadores y de su propia conservación. En el momento en que los propios vencidos comenzaron a elevarse desde el punto de vista cultural, aproximándose también a los señores, mediante el idioma, se derrumbó la vigorosa barrera entre el señor y el siervo.

El ario sacrificó la pureza de la sangre, perdiendo así el lugar en el Paraíso que él había preparado. Sucumbió con la mezcla racial; perdió paulatinamente su capacidad creadora, hasta que los señores comenzaron a parecerse más a los indígenas sometidos que a sus antepasados arios, y eso no sólo intelectual sino también físicamente. Pudieron esos señores caídos en el mestizaje disfrutar todavía de los bienes ya existentes de la civilización, pero luego sobrevino la paralización del progreso y el hombre se olvidó de su origen.

Es de este modo como contemplamos la ruina de las civilizaciones y reinos, que ceden el lugar a otras formaciones.
La mezcla de sangre, y por consiguiente, la decadencia racial son las únicas causas de la desaparición de las viejas culturas: pues los pueblos no mueren como consecuencia de guerras perdidas, sino por la anulación de aquella fuerza de resistencia que sólo es propia de la sangre pura incontaminada.
Todo lo que en el mundo no es buena raza, es cizaña.

El antípoda del ario es el judío. La aparente cultura que posee el judío no es más que el acervo cultural de otros pueblos, corrompido ya en gran parte por las mismas manos judías. El judío no posee fuerza alguna susceptible de construir una civilización y eso por el hecho de no poseer, ni nunca haber poseído, el menor idealismo, sin el cual el hombre no puede evolucionar en un sentido superior. Ésta es la razón por la que su inteligencia nunca construirá ninguna cosa; por el contrario, actuará sólo destruyendo.

Cuanto más, podrá dar un incentivo pasajero, llegando entonces a ser algo así como un prototipo de una “fuerza que, aun deseando el mal, hace el bien”. No por él, sino a pesar de él, se va realizando de algún modo, el avance de la Humanidad.
El judío no es nómada, pues hasta el nómada tuvo ya una noción definida del concepto “trabajo”, que habría podido servirle de base para una evolución ulterior, siempre que hubieran concurrido en él las condiciones intelectuales necesarias. El idealismo como sentimiento fundamental, no cabe en el judío, ni siquiera enormemente apagado; es por esto que, en todos sus aspectos, el nómada podrá parecer extraño a los pueblos arios, pero nunca desagradable. Eso no sucede con el judío. Éste nunca fue nómada y sí un parásito en el organismo nacional de otros pueblos, y si alguna vez abandonó su campo de actividad, no fue por voluntad propia, sino como resultado de la expulsión que, de tiempo en tiempo, sufriera de aquellos pueblos de cuya hospitalidad había abusado. “Propagarse” es una característica típica de todos los parásitos, y así es como el judío busca siempre un nuevo campo de nutrición.
Con el nomadismo eso nada tiene que ver, porque el judío no piensa en absoluto abandonar una región por él ocupada, quedándose allí, fijándose y viviendo tan bien acomodado, que incluso la fuerza difícilmente logra expulsarlo. Su expansión, a través de los países siempre nuevos, sólo se inicia cuando en ellos se dan las condiciones necesarias para asegurarles la existencia, sin tener necesidad de cambiar de asentamiento como el nómada. El judío es y será siempre el parásito típico, un bicho, que, como un microbio nocivo, se propaga cada vez más, cuando se encuentra en condiciones adecuadas. Su acción vital se parece a la de los parásitos de la Naturaleza. El pueblo que le hospeda será exterminado con mayor o menor rapidez.
El judaísmo nunca fue una religión, sino un pueblo con unas características raciales bien definidas. Para progresar tuvo que recurrir bien temprano a un medio para distraer la sospecha que pesaba sobre sus congéneres. ¿Qué medio más conveniente y más inofensivo que la adopción del concepto de “comunidad religiosa”? Pues bien, aquí también todo es prestado o, mejor dicho, robado. La personalidad primitiva del judío, por su misma naturaleza, no puede poseer organización religiosa, debido a la ausencia completa de un ideal y, por eso mismo, de la creencia en la vida futura. Desde el punto de vista ario, es imposible imaginarse, de cualquier forma, una religión sin la convicción de vida después de la muerte. En verdad, el Talmud tampoco es un libro de preparación para el otro mundo, pero sí para una vida presente dominante y práctica”.

La lucha eterna entre las tendencias o fuerzas luminosas y las fuerzas oscuras recogida por la ariosofía y que, como vemos, adoptará en su cosmovisión Adolf Hitler y el nacionalsocialismo, es una lucha a todos los niveles en todo el universo, en todas sus manifestaciones, que se reproduce en cada ser humano, como parte e imagen del universo, y en el cuerpo de la misma “humanidad”. Gobineau en su “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” (Capítulo: conclusión). dice que “un pueblo tomado colectivamente y en sus diversas funciones, es un ser tan real como si se le viera condensado en un sólo cuerpo”. Esto es, “como es arriba es abajo, como es abajo es arriba” (“El Kybalion”). La misma ley se repite en todo el universo, en todas sus manifestaciones. En definitiva, vemos cómo en este universo, todo es sujeto y parte de esta eterna lucha entre las fuerzas luminosas de la vida y las fuerzas oscuras de la muerte.

Siguiendo con esta argumentación, podremos ver cómo el virus judío tratará de hacerse con el control de la humanidad, pero su propia naturaleza vírica le hará imposible dominar el cuerpo sin, a su vez, destruirlo. Tal vez percibiendo esto, el judío tratará de dominarle, como un vampiro que se aprovecha de la energía vital de su víctima. Puede ser que por un tiempo consigan dominar este cuerpo enfermo y moribundo (que es la “civilización moderna”), pero finalmente el ciclo se cerrará y todo ese edificio colapsará, derrumbándose. En el final, las razas de color de la tierra, esto es, las bacterias de la putrefacción, ahora tan prolíficas devorarán el cadáver de lo que un día fuera una civilización.

Una vez hayan devorado el cadáver, arruinada la civilización, las razas telúricas, volverán a sus chozas, al caos terrestre del que un día surgieran y del que su naturaleza forma parte. El virus judío, cumplida su función e infectar y destruir la civilización, perderá la víctima de la cual succionaba su sustento de vida. Su razón de existir en tal caso, deberá darse por terminada.

Adolf Hitler en “Mi Lucha” (Volumen I, capítulo 3) afirma con la seguridad de un vidente que: “Estudiando la influencia de el judío a través de largos períodos de la historia humana, surgió en mi mente la inquietante duda de que quizás el destino, por causas insondables, le reservara el triunfo final.
¿Se le adjudicará acaso la Tierra como premio a el judío, quien eternamente vive sólo para esta Tierra?.
¿Poseemos nosotros realmente el derecho de luchar por nuestra propia existencia, o tal vez esto mismo tiene tan sólo un fundamento subjetivo?.
El Destino se encargó de darme la respuesta al penetrar en la doctrina marxista y estudiar la actuación de el judío.
La doctrina judía marxista niega el principio aristocrático de la naturaleza y coloca, en lugar del privilegio eterno de la fuerza y del vigor del individuo, a la masa numérica y el peso muerto; niega así en el hombre el mérito individual e impugna la importancia del Nacionalismo y la Raza, ocultándole con esto a la Humanidad la base de su existencia y de su cultura. Esta doctrina igualitarista, como fundamento del Universo conduciría fatalmente al fin de todo orden natural concebible. Y así como la aplicación de una ley semejante en la mecánica del organismo más grande que conocemos (la Tierra) provocaría sólo el caos, también significaría la desaparición de sus habitantes.
Si el judío, con la ayuda del credo socialdemócrata, o bien del marxismo, llegara a conquistar las naciones del mundo, su triunfo sería entonces la corona fúnebre de la Humanidad. Nuestro planeta volvería a rotar desierto en el cosmos, como hace millones de años. La naturaleza eterna inexorablemente venga la transgresión de sus preceptos. Por esto creo ahora que, al defenderme del judío lucho por la obra del Supremo Creador.”


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